Fragmentos florecidos del sol a comenzar (continúan)

Fragmentos florecidos del sol a comenzar   (continúan)

¡Cristo gay!
¡Cristo gay!
¡Cristo gay!
Aullaban las gangosas hordas nacionalsocialistas a lo largo de la Avenida de Mayo
En épocas de guerra a mediados del siglo pasado
En Buenos Aires,
Argentina.
¡Cristo gay!
¡Cristo gay!

¿Nombre?
Árbol.
¿Apellido?
Ciruelo.
¿Edad?
No recuerdo.
¿Domicilio?
Al fondo de la huerta.
¿Ocupación?
Ciruelo.
¿Ocupación?
Dar ciruelas.
¿Algún teléfono donde lo podamos llamar?

Le dejo maíz para los pollos.
No, esos son los perros.

Cuando los poetas administraban el mundo
Ocuparon parte de su mandato
En lograr que la poesía
Fuera escrita por todos.
Para tal fin se dispuso que cada ciudadano sin distinción de raza o nación
Encarnara una letra del infinito alfabeto, para luego en común unión con otras letras
Otros ciudadanos
Se formaran sonetos, novelas, cuentos, historias.
Fue así que las antiguas dependencias del registro nacional de la propiedad intelectual
Son hoy el Museo de la Palabra.
En este museo el público es el artista.
Cada ciudadano es libre de escribir una palabra con lápiz sobre cualquier muro.
Una sola palabra escrita entre otras.
Quizás como ocurrió en Altamira vengan otros ciudadanos que escribirán
También con lápiz
Palabras sobre palabras escritas.
Dichosas serán todas las palabras que de toda pena
Nos liberan.

Cuando uno remember se remember muchas cosas a la vez.
Uno remember el perfume del tomate recién cosechado,
El bosque de lavandas españolas,
El roce de una mejilla remember
Cuando remember el gélido invierno alemán y,
Tantos regresos inconclusos
Remember
Tal cual lo contaron
La tierra y, el cielo y
El mar.
Remember llamar magos a los filósofos,
Remember Pearl Harbor seguido
De Hiroshima y Nagasaki
Remember
Porque sin remember
Nadie aquí se acuerda de nada.

El viento agita mi poncho como bandera,
De hacerla jirones se ocupará el monte,
Arisco, jodido y desconfiado.

Hay gente que necesita gente, caso contrario apelan a mascotas, helechos,
A la violencia, a los vicios, a las vacaciones pagas,
A las cuotas sin interés,
A promos geniales, a descuentos en rotiserías,
A premios inauditos, a terapias alternativas,
A la ingestión de comidas orgánicas,
A no separarse por los hijos,
A vivir esclavos pero bien entretenidos.
Hay gente, hay gente dispuesta a todo.

¡Epa!
Exclamò el jinete en pleno galope,
¿Dónde está mi caballo?

Con Huai Lin nos conocimos en una tienda de abalorios.
Ella buscaba un collar,
Yo un anillo, algo que nos diferenciara del aburrido uniforme
De la Revolución Cultural.
Ella transitaba feliz el Sendero Luminoso,
Yo más bien evitaba mosquitos y
Enfrentamientos.

Los piratas son frutos del mar.
Las peras del olmo.
El azul del ultramar.
Los brillos del amor.
¡Brooom…bum…cataplum…bum bum!
¿Son bombas?
No, tranquila son ciruelas maduras que caen.
¡Brooom…bum…cataplum…bum bum!
¿Son ciruelas?
No, esta vez son bombas.

Estaban hacinados en barracas donde nadie los podía tocar.
Uno al lado del otro.
Mirar de lejos se los podía mirar,
Hasta incluso arrojarles desperdicios
Que ellos devoraban al instante
De caer.
Tampoco hablar con ellos estaba permitido.
Ni con signos, menos con palabras.
Están allí desde siempre.
Mi padre me llevaba de niño a verlos.
Los señalaba con discreción llamando a cada uno por su nombre,
Cosa que siempre era objeto de reproche por parte de los guardias.
Un día no estuvieron más.
Tampoco los guardias,
Ni siquiera el lugar.

En su mayoría eran niños los que presidian el Supremo Tribunal.
Más que considerar delitos su deber consistía en analizar acciones humanas y
Corregirlas en la medida que fuese necesario
O posible.
Algunos ejemplos: citado el ciudadano
Se le pedía expusiese qué había hecho el día anterior.
Uno mostraba una olla de su invención y
Ensalzaba sus virtudes.
Otro hacía alarde de un álbum de estampillas.
Las mujeres recitaban recetas de sus abuelas.
Los camareros la generosidad de algunas propinas.
Los músicos cantaban nuevas canciones,
Los poetas sonetos inventados.
Hasta que llegaba el turno
De los pintores.
A ellos se les pedía algo más,
Que dieran vida a lo que habían pintado.
No pudiendo hacerlo,
Los pintores eran devueltos
A la tierra,
Casi de inmediato.

No pasarán.
Entraban al trote lento levantando polvo, a caballo unos, otros a pie.
De uno en fondo entraban al pueblo
Despertando comentarios y conjeturas.
El primero empujaba un carro de hielo y cabezas engarzadas
De tiburón.
El segundo envuelto en tormentas de nieve
A su paso iba esparciendo
Semillas de girasol.
Eran miles.
El tercero vestía serpientes.
Este más que trotar ondulaba.
Eran miles.
El cuarto, poco más alto que el resto
Portaba canastos atiborrados de reliquias.
Una pluma del espíritu santo,
Pelos del profeta,
Uñas de Zeus,
El prepucio de Jesús de Galilea,
La voz grabada de Giordano Bruno,
El blanco marino de Moby Dick.
Eran miles.
El séptimo remando sentado dejaba huellas
En la arena
Sin respirar.
Eran miles.
Algunos no sabían siquiera dónde estaban,
Pasaban nomás.
Eran miles.
Otros envueltos en fuego arrojaban
Baldes de agua salada,
Ajo y perejil.
Eran miles.
Los más experimentados en cambio
A cara descubierta
En cuatro patas
Adivinaban los misterios
Sin contar el final.
Eran miles.
De lejos un bosque inquieto parecían.
Eran miles.
El 15 por su porte y andar
Provocaba que las mujeres arrojaran
Rosas
A su paso.
El galante
Se agachaba y,
Las engullía sin tragar.
El 16 no existe.
El 17 existe pero disimula.
El 18 es San Rimbaud.
Del 19 al 125 pasaban a la velocidad
De la luz.
El 126 se negaba a caminar.
La 127 estaba embarazada, las 5 siguientes también.
La 132 recitaba a cada tranco un poema.
Lo hacía en baja voz,
Silabeando.
Eran miles.
El 133 nadaba calle arriba sin parpadear.
Eran miles.
Hubo uno, el 149 que nos preguntó
Cómo se llama este pueblo.
Despertó la risa de todos nosotros.
Reímos tres días y tres noches
Sin parar.
Pasó el 150, el 151, la 152, el 153, la 154 hasta
Que el 155 se detuvo
Fulminado por un rayo.
Eran miles.
Trabajadores, intelectuales, maestros de taller, profesores, agricultores, ganaderos,
Agentes de bolsa y usureros.
Eran miles y, en minutos el pueblo fue
Una nube de polvo
Haciéndonos semejantes.
Entraban al trote lento y, no cesaban de pasar.
Eran miles.
En ese transcurrir un orden establecía los tiempos.
Algunos morían antes de llegar al límite del pueblo.
La mayoría de pura vejez.
Eran miles.
A uno le pusimos nombre,
Nembo.
Eran miles.
Nembo no tenía nada que lo distinguiera del resto.
Nos gustó su número, el 179 y
Algunas destrezas que con humildad
Nos ofreció.

Nembo sabía encender el fuego y,
Cocinar carne de cordero
Untada con limón y con miel.
Sabia plantar y cosechar,
Leer y escribir.
Nembo era libre.
Pasada la hora en que el sol no proyecta sombra
Algunos seguían pasando.
Eran miles.
Para hacerla corta,
Llegado el 2016
Decidimos irnos
Todas a dormir.

Esperá más en la próxima entrega

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